¿Realmente nos gusta el cunnilingus?

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Así formulada, esta pregunta puede inducir a error. Y si no, que levante la mano quien no se haya imaginado pronunciándola a una mujer con gafas de carey, moño en alto y un lápiz apuntando a unos labios fruncidos y reprobadores . A estas alturas de la Historia, en pleno siglo XXI y después de décadas luchando por el conocimiento y reconocimiento de la identidad social, fisiológica y sexual femenina, no deberíamos dejar que ninguna señorita Rottenmeier del tres al cuarto nos mirase por encima del hombro escandalizada al oírnos proclamar a los cuatro vientos que sí, señores, realmente disfrutamos cuando nos practican sexo oral. Claro está, no a toda costa ni por sistema. ¿De qué depende entonces? Seguid leyendo y enseguida lo descubriréis.

Eso sí, antes de pasar al meollo de la cuestión hay un par de puntualizaciones que debo haceros. Para entender la actitud ambivalente de muchas mujeres ante el cunnilingus, no basta solo con hablar del gusto personal de cada una. Muy al contrario, no estaría de más remontarse en el tiempo y ver cómo la mentalidad patriarcal se ha esforzado durante siglos en reprimir el goce sexual femenino. Definida por las Sagradas Escrituras como un “vaso” de la fertilidad, la mujer se ha visto históricamente avocada a un papel secundario en la práctica del sexo. En tanto que receptora del semen fertilizador, de ella se esperaba sumisión, paciencia y disponibilidad. ¿Cuántas no se habrán mordido el labio bajo el peso de sus maridos, cruzando los dedos para que terminara de una vez con sus embestidas epilépticas y las dejara en paz un rato? Está claro que tal panorama no parece el mejor contexto para animarse a guiar a la pareja en la cama y reclamar un poco más de énfasis en la estimulación genital femenina. Resignación, que dirían muchas.

Otro factor a tener en cuenta –siempre en relación con el anterior- es la idea fija que tenemos sobre nuestros órganos sexuales. A menudo nos debatimos entre una visión abiertamente conservadora que los concibe como simples instrumentos reproductivos y una perspectiva moderna y evolucionada que tiende a situarlos en el contexto del placer sin más. Cuando la primera le gana la partida a la segunda, brotan en nosotros miedos irracionales como la fealdad de nuestros labios vaginales, el tamaño de nuestra vulva o el olor de nuestra entrepierna. Si los hombres viven acomplejados por las dimensiones de su “amiguito”, nosotras no nos quedamos atrás. Y, precisamente por eso, a veces nos cuesta dejarnos llevar. Así que optamos por la postura del misionero porque –aunque es rematadamente clásica- está socialmente aceptada y creemos a pies juntillas que es la que más nos favorece ante nuestro(s) chico(s).

Pero, ¡ay!, cuando nos dejamos hacer… ya no hay marcha atrás. El cunnilingus, como el sexo anal, es una punto de no retorno. Una vez nos relajamos y nos sentimos cómodas ante la idea de tenerle a él lamiendo, chupeteando, acariciando y jugando con nuestro sexo hemos fumado la pipa de la paz con nosotras mismas. Es en ese punto cuando entendemos que el placer propio y ajeno no pasa por tamaños y formas, sino por sensaciones; que la intimidad va mucho más allá de la simple penetración, que no hay mejor manera de conocerse y de darse a conocer que recorrerse mutuamente sin dejarse nada, que la confianza es la llave para que todo sea válido y nada nos ruborice. Sí, nos gusta el cunnilingus, Rottenmeier. ¿A ti no?

por Claudia Méndez, Sexualidad X

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