Una mañana cualquiera (y III)

Un relato de @ilovelingerie_  (Lee la primera Una mañana cualquiera y la segunda parte Una mañana cualquiera II)

sexo en el sofá

La comida transcurrió con la misma dinámica, Inés coqueteando de manera más o menos descarada y yo, sorprendido y expectante, dejándome llevar por la situación. Una vez terminamos con los postres (ambos coincidimos de nuevo en pedir helado de vainilla), Inés pronunció las palabras mágicas.

– ¿Tomamos el café en mi casa? No tengo planes para esta tarde, mi marido está de viaje y las niñas están de colonias…

El subconsciente me traicionó y pronuncié, posiblemente, las palabras más absurdas de mi vida.

– Lo siento, no bebo café, me pone nervioso y después no puedo dormir.

¿Se puede ser más estúpido? La realidad es que bebería litros de café si ella me lo pidiese…

– Bueno, pues te tomas un zumito de naranja…

Un síntoma de que alguien me gusta es que comienzo a decir tonterías, nunca he sabido cómo evitarlo. Menos mal que el zumo de naranja sí que me gusta…

Su casa no quedaba muy lejos y fuimos caminando, tardamos unos 15 minutos en llegar. Mi tensión sexual era máxima, pero a ella se la veía muy relajada, con confianza en sus posibilidades, pero de repente la historia dio un giro radical…

Nada más cerrar la puerta de su piso, sentí un deseo irrefrenable por poseerla. Mi timidez inicial se había evaporado. Inés estaba de espaldas y repentinamente la agarré firmemente por la cintura, se dio la vuelta sorprendida y comencé a besarla. No le di opción a resistirse. Ahora era ella quien estaba desconcertada, pero aun así no se resistía…

Envueltos en una ola de pasión, nos besábamos apasionadamente. Nuestros labios se compenetraban como si se conocieran de toda la vida. Me gusta tomarme mi tiempo cuando hago el amor con una mujer, pero en aquella ocasión era diferente. Tal vez ambos habíamos imaginado otra situación, pero llegado aquel punto, no había marcha atrás. Era como el reencuentro de dos apasionados amantes que llevaban mucho tiempo sin disfrutarse el uno al otro.

Mis manos recorrían el cuerpo de Inés de manera apresurada y un tanto nerviosa, examinando cada una de sus curvas. Me detuve en sus nalgas y las estrujé con una mezcla de fuerza y delicadeza. El trasero no era uno más, era el culo con el que había soñado en innumerables noches de pasión solitaria y que tanto semen había conseguido extraerme sin ni siquiera haberlo tocado. Por encima de la falda, acariciaba los bordes de sus braguitas, era una sensación mágica poder disfrutar de la que para mí había sido una prenda de culto durante tanto tiempo. Ciertamente no estaba dispuesto a dejar desaprovechar aquella oportunidad y la estaba disfrutando al máximo.

Puse el cuerpo de mi amada contra la pared y desabroché bruscamente su blusa, tanto que uno de los botones se rompió. Sin llegar a despojarla de su elegante sujetador de encaje de color blanco, saqué sus pechos. Eran blanquitos, en sintonía con la palidez de su cuerpo que tanto me gustaba. Mientras acariciaba uno de sus senos con una mano, lamía y mordisqueaba el pezón del otro. Iba alternando mis acciones para que ninguno de ellos se sintiera desatendido.

Acto seguido y de manera simultánea, le subí la falda hasta la cintura y deslicé sus braguitas, a juego con el sujetador, hasta los muslos, dejando visible un precioso y cuidado triángulo de color negro. Palpé con mis dedos la humedad de su sexo y me los llevé a la boca, los saboree mientras la miraba a los ojos, tal y como había supuesto, la parte más íntima de su cuerpo tenía un sabor delicioso. Ni un segundo estaba siendo malgastando, cada uno de mis movimientos tenía como objetivo que Inés se sintiese más deseada de lo que ningún hombre la había hecho sentir en toda su vida.

Ella volvió a pasar a la acción, desabrochando y bajando mis pantalones y mi ajustado bóxer de color negro al mismo tiempo. Mi pene completamente erecto quedó expuesto ante Inés. Mi miembro se mostraba radiante y poderoso por su envergadura, pero también vulnerable e indefenso por el hecho de estar completamente depilado, lo agarró con una mano y sonrió, mirándome a los ojos, en señal de aprobación.

La apoyé contra un sofá que había en el salón, separé sus piernas y deslicé sus braguitas hasta que acabaron en el suelo. Yo estaba de pie y ella arqueada de espaldas a mí, ofreciéndome su sexo. La agarré de la cintura y la hice mía. Fue un movimiento rápido y contundente, como nunca había penetrado a una mujer. La excitación de Inés hacía que ella ya estuviese perfectamente lubricada y mi pene fue acogido con enorme deseo por su calentito y estrecho sexo.

Yo inicié una serie de fuertes y rápidas embestidas, que provocaron los gemidos instantáneos de mi amada. De vez en cuando, aflojaba el ritmo y me acercaba para darle besitos en el cuello, la boca y la espalda. Quería dotar de un toque romántico a nuestra primera vez. Desde hacía años, Inés era la única mujer que ocupaba mis pensamientos y apenas era capaz de recordar la última vez que había tenido relaciones sexuales con otras persona.

Aunque con mucho esfuerzo, estaba consiguiendo retrasar mi eyaculación tanto como fuese posible. La sensación de estar dentro de Inés era maravillosa y no quería que acabase nunca, pero ella merecía un disfrutar de un buen orgasmo. Su respiración entrecortada me indicaba que aquel momento estaba cerca… muy cerca. Un tremendo suspiro de placer fue el detonante para que mi pene claudicase y acabase descargando el resultado de mi pasión en el rincón más íntimo de su cuerpo. No teníamos más energías. Acabamos los dos tendidos en el suelo, sin saber qué decir ni qué había sucedido aquel día que cambiaría nuestras vidas para siempre.

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