Nada importa

amantes

– Ahora vuelvo, voy un momento al baño… – Y le lanzo una mirada insinuante.

¿Pero qué estoy haciendo yo aquí, con este tipo que acabo de conocer, en su casa? Es la primera vez que hago esto. Es lo que quiero sí, porque quiero ser más sensual pero.. ¿Se llama Javier? ¿Jose? ¡Ay! ¡Y ahora no le voy a preguntar el nombre! ¿Por qué no he prestado más atención? Era Julio, creo. Sí. Y todo porque quería experimentar más, vivir más, sentir más. Esto me pasa por leer esos artículos sobre sexo que me dan alas…. Pero yo no soy así…. Bueno… ya estoy aquí, el chico parece majo…. voy…

Salgo del baño y me dirijo al salón. Julio está sentado en el sofá. Se levanta al verme cruzar la puerta.

– ¿Qué quieres tomar?
– No sé…
– ¿Un vino? ¿Whisky?

¡Qué guapo es! ¡Qué sonrisa! ¡Qué ojos!

– Una copa de vino está bien, gracias.

¡Pero qué culo tiene!

Regresa con dos copas y una botella. Sirve el vino y empezamos a hablar. No sé exactamente de qué. Solo puedo mirar su boca. ¿Se ha sentado más cerca? Hablamos, reímos, bebemos. Me pone una mano encima de la pierna. Sonrío tímidamente. Se acerca. Noto su cara a un palmo de la mía. Sus labios cálidos llegan a los míos y nos besamos. Su lengua y mi lengua juegan. Me dejo llevar. Su mano sube, se acerca a mi entrepierna. Los nervios se han ido y yo me olvido de todo, de dónde estoy, de quién soy, de qué hago. Desabrocho su camisa de forma decidida y acaricio su definido torso. Me encanta. Quiero más. Bajo y acaricio su paquete por encima del pantalón. Está duro y me provoca. Cinturón fuera, cremallera abajo. Se quita los pantalones y admiro su cuerpo.

– Te sobra ropa, ¿no? – Le digo traviesamente.
– A ti también.

Me quita el vestido, me desabrocha el sujetador y libera mis pechos. Tienen una imperiosa necesidad de ser acariciados, lamidos, besados. Y él responde. Gimo. Mis pezones se ponen duros y yo noto que estoy humedeciéndome. Me quita el culotte y baja su cabeza a mi sexo. Empieza a lamerme y yo me derrito, me fundo, me agito. Julio es un experimentado comedor, se nota, así que me dejo llevar y disfruto. Su lengua hace círculos en mi clítoris que está hinchado y receptivo, lo lame, lo besa. Baja a mi vagina. Juega con la lengua en ella. Me retuerzo. Mete un dedo en mi abertura mientras me recorre con la lengua. Me dejo llevar, me corro… Y quiero más.

– Es tu turno – Le digo.
– Aquí no hay turnos.
– Lo sé…

Y le quito el boxer, liberando su miembro viril firme, duro, grande. Maravilloso. Lo cojo con mi mano derecha, lo acaricio, arriba y abajo. Lentamente. Mi mano izquierda se coloca en sus testículos, juega con ellos. Él gime. Aumento el ritmo de mi mano derecha y me acerco con mi boca a su sexo. Beso la punta. Saco la lengua y lo lamo completamente, de abajo a arriba. Mientras, le miro a los ojos y rozo con mi lengua su capullo. Me mira. Sé que tengo cara de viciosa, esa que se me pone cuando supero los nervios y me dejo llevar. Le gusta como le miro, lo noto. Bajo mi vista y me dedico por completo a él. Con devoción. Boca, labios, lengua, círculos, lamidas… Aumento el ritmo. Yo me estoy tocando el clítoris, necesito liberar la excitación que siento.

Suavemente me para. Le miro sorprendida y con una ligera cara de reproche.

– Me iba a correr y aún no quiero. – Me aclara, serio, imperturbable. ¡Como me pone esa actitud!
– ¿Y qué quieres?

Me mira a los ojos. Me coge y me coloca a cuatro patas. Yo muevo mi cadera, provocativa, intuyendo lo que va a pasar. Giro mi cabeza hacia él para mirarle mientras rompe el envoltorio del preservativo y se lo pone. Me gusta ese momento, me excita ese instante previo, ese saber que se está preparando para penetrarme. Me mete un dedo, dos, en la vagina y yo no puedo más. Me retuerzo y necesito más.

– ¡Fóllame, Julio! Quiero notar tu polla…

Y me la mete de golpe. Entra fácil, estoy muy mojada. Entra y sale, con fuerza, con ímpetu. Me gusta. Le gusta. Me empiezo a tocar el clítoris de nuevo y noto como otro orgasmo viene. Grito. Él para, sale, me da la vuelta y me tumba sobre el sofá. Se arrodilla y se acerca a mis pies. Los coge, los mira, los acaricia y me mira con una sonrisa.

– Tienes unos pies preciosos.

Les da un par de besos y se los mete en la boca. Empieza a lamer los dedos, con calma, pasa la lengua por toda la planta, por el espacio entre los dedos. Nunca me habían comido los pies pero me gusta. Es placentero y me permite relajarme un poco tras el orgasmo intenso que he tenido. Veo con agrado que él no está relajado, al contrario, su miembro se yergue aún más y eso me excita. Deja mis pies y me abre las piernas. Me penetra de nuevo, coloca mis piernas en sus hombros, llega más profundo. Sigue con ritmo y con fuerza, noto que se deja llevar, que gime más, que va más rápido. Grita. Acaba. Sonrío satisfecha.

Tras unos segundos de relajación se incorpora y me mira. ¡Qué ojos!

– ¿Qué tal estás, preciosa?
– Perfecto, Julio.
– Me llamo Mario.
– Perdón, pensaba que…
– No te preocupes, no importa.

Es verdad, en ese momento nada importa.

8 comentarios en “Nada importa

  1. Jajajajajaja vaya lapsus con el nombre! Cierto, nada importa… salvo lo importante. Me pregunto si yo me hubiera frenado en seco al escuchar mi nombre equivocado… Seguramente sí. En ese sentido sigo llena de prejuicios, me sigue importando el momento, el olor, la palabra, el sitio… qué lata!

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