La pasión sexual

La pasión sexual es un nivel superior de deseo. Es la excitación que sentimos hacia una persona que, por ciertos momentos, hace que estar con ella, sentirla, se convierta en casi una obsesión. Es esa sensación – fantástica – que nos hace olvidar todo, volar.

De la pasión sexual hablamos la semana pasada en Esto me suena. Las tardes del Ciudadano García en Radio Nacional. Distinguimos entre pasión, deseo y amor. Hablamos de cómo funciona la pasión y por qué algunas relaciones pasionales pueden volverse tóxicas.

Puedes esucharlo en el siguiente podcast, a partir del minuto 35.

 

Y para ambientar, una canción apasionada: “Je t’aime… moi non plus” (escucha en el podcast la historia de esta canción)

Nada importa

amantes

– Ahora vuelvo, voy un momento al baño… – Y le lanzo una mirada insinuante.

¿Pero qué estoy haciendo yo aquí, con este tipo que acabo de conocer, en su casa? Es la primera vez que hago esto. Es lo que quiero sí, porque quiero ser más sensual pero.. ¿Se llama Javier? ¿Jose? ¡Ay! ¡Y ahora no le voy a preguntar el nombre! ¿Por qué no he prestado más atención? Era Julio, creo. Sí. Y todo porque quería experimentar más, vivir más, sentir más. Esto me pasa por leer esos artículos sobre sexo que me dan alas…. Pero yo no soy así…. Bueno… ya estoy aquí, el chico parece majo…. voy…

Salgo del baño y me dirijo al salón. Julio está sentado en el sofá. Se levanta al verme cruzar la puerta.

– ¿Qué quieres tomar?
– No sé…
– ¿Un vino? ¿Whisky?

¡Qué guapo es! ¡Qué sonrisa! ¡Qué ojos!

– Una copa de vino está bien, gracias.

¡Pero qué culo tiene!

Regresa con dos copas y una botella. Sirve el vino y empezamos a hablar. No sé exactamente de qué. Solo puedo mirar su boca. ¿Se ha sentado más cerca? Hablamos, reímos, bebemos. Me pone una mano encima de la pierna. Sonrío tímidamente. Se acerca. Noto su cara a un palmo de la mía. Sus labios cálidos llegan a los míos y nos besamos. Su lengua y mi lengua juegan. Me dejo llevar. Su mano sube, se acerca a mi entrepierna. Los nervios se han ido y yo me olvido de todo, de dónde estoy, de quién soy, de qué hago. Desabrocho su camisa de forma decidida y acaricio su definido torso. Me encanta. Quiero más. Bajo y acaricio su paquete por encima del pantalón. Está duro y me provoca. Cinturón fuera, cremallera abajo. Se quita los pantalones y admiro su cuerpo.

– Te sobra ropa, ¿no? – Le digo traviesamente.
– A ti también.

Me quita el vestido, me desabrocha el sujetador y libera mis pechos. Tienen una imperiosa necesidad de ser acariciados, lamidos, besados. Y él responde. Gimo. Mis pezones se ponen duros y yo noto que estoy humedeciéndome. Me quita el culotte y baja su cabeza a mi sexo. Empieza a lamerme y yo me derrito, me fundo, me agito. Julio es un experimentado comedor, se nota, así que me dejo llevar y disfruto. Su lengua hace círculos en mi clítoris que está hinchado y receptivo, lo lame, lo besa. Baja a mi vagina. Juega con la lengua en ella. Me retuerzo. Mete un dedo en mi abertura mientras me recorre con la lengua. Me dejo llevar, me corro… Y quiero más.

– Es tu turno – Le digo.
– Aquí no hay turnos.
– Lo sé…

Y le quito el boxer, liberando su miembro viril firme, duro, grande. Maravilloso. Lo cojo con mi mano derecha, lo acaricio, arriba y abajo. Lentamente. Mi mano izquierda se coloca en sus testículos, juega con ellos. Él gime. Aumento el ritmo de mi mano derecha y me acerco con mi boca a su sexo. Beso la punta. Saco la lengua y lo lamo completamente, de abajo a arriba. Mientras, le miro a los ojos y rozo con mi lengua su capullo. Me mira. Sé que tengo cara de viciosa, esa que se me pone cuando supero los nervios y me dejo llevar. Le gusta como le miro, lo noto. Bajo mi vista y me dedico por completo a él. Con devoción. Boca, labios, lengua, círculos, lamidas… Aumento el ritmo. Yo me estoy tocando el clítoris, necesito liberar la excitación que siento.

Suavemente me para. Le miro sorprendida y con una ligera cara de reproche.

– Me iba a correr y aún no quiero. – Me aclara, serio, imperturbable. ¡Como me pone esa actitud!
– ¿Y qué quieres?

Me mira a los ojos. Me coge y me coloca a cuatro patas. Yo muevo mi cadera, provocativa, intuyendo lo que va a pasar. Giro mi cabeza hacia él para mirarle mientras rompe el envoltorio del preservativo y se lo pone. Me gusta ese momento, me excita ese instante previo, ese saber que se está preparando para penetrarme. Me mete un dedo, dos, en la vagina y yo no puedo más. Me retuerzo y necesito más.

– ¡Fóllame, Julio! Quiero notar tu polla…

Y me la mete de golpe. Entra fácil, estoy muy mojada. Entra y sale, con fuerza, con ímpetu. Me gusta. Le gusta. Me empiezo a tocar el clítoris de nuevo y noto como otro orgasmo viene. Grito. Él para, sale, me da la vuelta y me tumba sobre el sofá. Se arrodilla y se acerca a mis pies. Los coge, los mira, los acaricia y me mira con una sonrisa.

– Tienes unos pies preciosos.

Les da un par de besos y se los mete en la boca. Empieza a lamer los dedos, con calma, pasa la lengua por toda la planta, por el espacio entre los dedos. Nunca me habían comido los pies pero me gusta. Es placentero y me permite relajarme un poco tras el orgasmo intenso que he tenido. Veo con agrado que él no está relajado, al contrario, su miembro se yergue aún más y eso me excita. Deja mis pies y me abre las piernas. Me penetra de nuevo, coloca mis piernas en sus hombros, llega más profundo. Sigue con ritmo y con fuerza, noto que se deja llevar, que gime más, que va más rápido. Grita. Acaba. Sonrío satisfecha.

Tras unos segundos de relajación se incorpora y me mira. ¡Qué ojos!

– ¿Qué tal estás, preciosa?
– Perfecto, Julio.
– Me llamo Mario.
– Perdón, pensaba que…
– No te preocupes, no importa.

Es verdad, en ese momento nada importa.

La pasión es sentir y sentir es vivir

pasion

Ella le mira a los ojos, con la respiración agitada. Él se abalanza hacia ella y la besa mientras nota como su pene se endurece bajo el pantalón. Ella responde a su beso y nota su erección. Él recorre ese deseado cuerpo con sus manos. Ella acaricia su miembro duro por encima del pantalón y nota como, a la vez, su vagina se estremece. Y acompañados de pequeños sonidos de placer, con rapidez e intensidad se desnudan y se sienten con pasión.

La pasión se siente, hace perder la cabeza, descontrolar y desear con tantas fuerzas que nada más importa.

La pasión no se busca, surge. Y cuando surge es inevitable. Aunque, ¿quién querría evitarla?

La pasión no entiende de explicaciones ni motivos. No se puede buscar un por qué o un quién. Simplemente pasa y no queda más que disfrutar de esa maravillosa sensación.

La pasión engancha porque es un subidón de dopamina y norepinefrina, neurotransmisores del cerebro que producen, entre otras, sensación de euforia. La dopamina, además, aumenta el nivel de testosterona, la hormona del deseo sexual.

Dicen que el frenesí inicial en una pareja dura generalmente de 12 a 18 meses. Con la rutina, el amor se convierte en algo más sereno, tranquilo, cariñoso, cómplice. Sea como sea, no debería perderse el deseo. Quizás será difícil conseguir ese nivel de pasión salvaje inicial, pero sí se ha de trabajar por mantener vivo el interés sexual en la propia pareja.

La pasión se define, entre otras acepciones, como perturbación o afecto desordenado del ánimo. Todos deberíamos desordenarnos en algún momento de la vida, sería una lástima no llegar a vivir nunca ese deseo incontrolable. Porque la pasión es sentir y sentir es vivir. Ergo, pasión es vida. ¡Perturbémonos!

 

Una mañana cualquiera (y III)

Un relato de @ilovelingerie_  (Lee la primera Una mañana cualquiera y la segunda parte Una mañana cualquiera II)

sexo en el sofá

La comida transcurrió con la misma dinámica, Inés coqueteando de manera más o menos descarada y yo, sorprendido y expectante, dejándome llevar por la situación. Una vez terminamos con los postres (ambos coincidimos de nuevo en pedir helado de vainilla), Inés pronunció las palabras mágicas.

– ¿Tomamos el café en mi casa? No tengo planes para esta tarde, mi marido está de viaje y las niñas están de colonias…

El subconsciente me traicionó y pronuncié, posiblemente, las palabras más absurdas de mi vida.

– Lo siento, no bebo café, me pone nervioso y después no puedo dormir.

¿Se puede ser más estúpido? La realidad es que bebería litros de café si ella me lo pidiese…

– Bueno, pues te tomas un zumito de naranja…

Un síntoma de que alguien me gusta es que comienzo a decir tonterías, nunca he sabido cómo evitarlo. Menos mal que el zumo de naranja sí que me gusta…

Su casa no quedaba muy lejos y fuimos caminando, tardamos unos 15 minutos en llegar. Mi tensión sexual era máxima, pero a ella se la veía muy relajada, con confianza en sus posibilidades, pero de repente la historia dio un giro radical…

Nada más cerrar la puerta de su piso, sentí un deseo irrefrenable por poseerla. Mi timidez inicial se había evaporado. Inés estaba de espaldas y repentinamente la agarré firmemente por la cintura, se dio la vuelta sorprendida y comencé a besarla. No le di opción a resistirse. Ahora era ella quien estaba desconcertada, pero aun así no se resistía…

Envueltos en una ola de pasión, nos besábamos apasionadamente. Nuestros labios se compenetraban como si se conocieran de toda la vida. Me gusta tomarme mi tiempo cuando hago el amor con una mujer, pero en aquella ocasión era diferente. Tal vez ambos habíamos imaginado otra situación, pero llegado aquel punto, no había marcha atrás. Era como el reencuentro de dos apasionados amantes que llevaban mucho tiempo sin disfrutarse el uno al otro.

Mis manos recorrían el cuerpo de Inés de manera apresurada y un tanto nerviosa, examinando cada una de sus curvas. Me detuve en sus nalgas y las estrujé con una mezcla de fuerza y delicadeza. El trasero no era uno más, era el culo con el que había soñado en innumerables noches de pasión solitaria y que tanto semen había conseguido extraerme sin ni siquiera haberlo tocado. Por encima de la falda, acariciaba los bordes de sus braguitas, era una sensación mágica poder disfrutar de la que para mí había sido una prenda de culto durante tanto tiempo. Ciertamente no estaba dispuesto a dejar desaprovechar aquella oportunidad y la estaba disfrutando al máximo.

Puse el cuerpo de mi amada contra la pared y desabroché bruscamente su blusa, tanto que uno de los botones se rompió. Sin llegar a despojarla de su elegante sujetador de encaje de color blanco, saqué sus pechos. Eran blanquitos, en sintonía con la palidez de su cuerpo que tanto me gustaba. Mientras acariciaba uno de sus senos con una mano, lamía y mordisqueaba el pezón del otro. Iba alternando mis acciones para que ninguno de ellos se sintiera desatendido.

Acto seguido y de manera simultánea, le subí la falda hasta la cintura y deslicé sus braguitas, a juego con el sujetador, hasta los muslos, dejando visible un precioso y cuidado triángulo de color negro. Palpé con mis dedos la humedad de su sexo y me los llevé a la boca, los saboree mientras la miraba a los ojos, tal y como había supuesto, la parte más íntima de su cuerpo tenía un sabor delicioso. Ni un segundo estaba siendo malgastando, cada uno de mis movimientos tenía como objetivo que Inés se sintiese más deseada de lo que ningún hombre la había hecho sentir en toda su vida.

Ella volvió a pasar a la acción, desabrochando y bajando mis pantalones y mi ajustado bóxer de color negro al mismo tiempo. Mi pene completamente erecto quedó expuesto ante Inés. Mi miembro se mostraba radiante y poderoso por su envergadura, pero también vulnerable e indefenso por el hecho de estar completamente depilado, lo agarró con una mano y sonrió, mirándome a los ojos, en señal de aprobación.

La apoyé contra un sofá que había en el salón, separé sus piernas y deslicé sus braguitas hasta que acabaron en el suelo. Yo estaba de pie y ella arqueada de espaldas a mí, ofreciéndome su sexo. La agarré de la cintura y la hice mía. Fue un movimiento rápido y contundente, como nunca había penetrado a una mujer. La excitación de Inés hacía que ella ya estuviese perfectamente lubricada y mi pene fue acogido con enorme deseo por su calentito y estrecho sexo.

Yo inicié una serie de fuertes y rápidas embestidas, que provocaron los gemidos instantáneos de mi amada. De vez en cuando, aflojaba el ritmo y me acercaba para darle besitos en el cuello, la boca y la espalda. Quería dotar de un toque romántico a nuestra primera vez. Desde hacía años, Inés era la única mujer que ocupaba mis pensamientos y apenas era capaz de recordar la última vez que había tenido relaciones sexuales con otras persona.

Aunque con mucho esfuerzo, estaba consiguiendo retrasar mi eyaculación tanto como fuese posible. La sensación de estar dentro de Inés era maravillosa y no quería que acabase nunca, pero ella merecía un disfrutar de un buen orgasmo. Su respiración entrecortada me indicaba que aquel momento estaba cerca… muy cerca. Un tremendo suspiro de placer fue el detonante para que mi pene claudicase y acabase descargando el resultado de mi pasión en el rincón más íntimo de su cuerpo. No teníamos más energías. Acabamos los dos tendidos en el suelo, sin saber qué decir ni qué había sucedido aquel día que cambiaría nuestras vidas para siempre.