En memoria de la Casita Blanca

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La Casita Blanca

No recuerdo cuando supe que aquel edificio de la esquina, de aspecto bastante vulgar e incluso feo, era la Casita Blanca, un meublé histórico de Barcelona. Crecí pasando a diario por delante de esa enigmática casa, formaba parte del barrio, y algún día alguien me diría que tipo de negocio era. Y desde entonces sentí curiosidad por qué pasiones habrían albergado sus paredes.

En la Barcelona de la postguerra hubo varios meublés, lugares que alquilaban habitaciones por horas para que las parejas tuvieran relaciones sexuales. En esa restrictiva época, eran sitios donde vivir un mundo escondido de lujuria y pecado. La Casita Blanca prestaba ese servicio. Situada lejos del centro de la ciudad, se convirtió en un sitio de mayor categoría para llevar a la querida de turno. Su aspecto externo era de un edificio anónimo, pero por dentro albergaba cuidadas habitaciones con multitud de detalles, lujos y espejos. Una decoración que con el paso del tiempo se convirtió en barroca y vintage, pero ése fue también parte de su encanto. El nombre de la Casita Blanca se debía a que en la terraza superior se veían, tendidas al sol para secarse, las sábanas blancas de las habitaciones. Popularmente los vecinos empezaron a llamarla así y con ese nombre se quedó.

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Interior de la Casita Blanca

El meublé solo aceptaba parejas heterosexuales mayores de 23 años (era otra época). Y cuidaba todos los detalles para que los clientes se sintieran seguros y a gusto. Contaba con una organización interior para que los huéspedes no se cruzaran con nadie (un sistema de botones para decir que se quería abandonar la habitación, avisar al camarero o pedir un taxi) y con laberínticos pasillos ocultos por cortinas para mantener la privacidad. Curiosa era una de las tareas del recepcionista, que apuntaba en una pizarra el resultado del partido del Barça y quien había marcado los goles (información perfecta para los maridos que “iban al fútbol”). No había registro de entrada y nunca se pudo pagar con tarjeta.

Poco se sabe de las historias, secretos, escándalos y amores furtivos que se vivieron en su interior. La discreción, en todos los aspectos, fue siempre primordial.

Yo nunca estuve en la Casita Blanca, pero ese edificio me generaba curiosidad y cariño. Me entristeció cuando el Ayuntamiento la echó abajo en el 2011 afectada por un plan urbanístico. Al fin y al cabo era un patrimonio histórico de la ciudad, de esa otra Barcelona alejada de la aparente buena moral imperante.

Acabo de descubrir que han pintado un bonito mural en el lugar donde antes estuvo el meublé. En memoria de la Casita Blanca (1912-2011), dice una inscripción. Impulsado por el Ayuntamiento, es obra de los artistas Sendys y Kram. No es mucho, pero al menos nos queda ese recuerdo.

Mural en memoria de la Casita Blanca

Mural en memoria de la Casita Blanca

 

8 comentarios en “En memoria de la Casita Blanca

  1. De la forma que nos lo has contado, “La casita blanca” tiene magia además de encanto.

    “Poco se sabe de las historias, secretos, escándalos y amores furtivos que se vivieron en su interior. La discreción, en todos los aspectos, fue siempre primordial.”

    Se me ocurren tantas ideas al leer esa frase…

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  2. No hay duda que la historia es historia y intentar ocultarla siempre ha sido y será un error por cualquiera que fuera su naturaleza o contenido.
    En muchos rincones de España entiendo existirá su propia “casita blanca”. Aquí en Tenerife ese lugar se denomina “Casa la Húngara”. Sabanas y toallas blancas cuelgan de su tendedero, a modo de velero que izando la mayor espera retomar nuevo rumbo.
    En el pasado, el lugar se encontraba enclavado en el mismo centro de la capital de Santa Cruz de Tenerife, pero con tiempo se emplazo a un barrio de la periferia, encontrándose actualmente en el arranque de un polígono industrial.
    Casa la Húngara es ese lugar que todo el mundo sabe donde esta, pero nunca han ido.

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