Fetichismo: orgullo y prejuicio

Footfetish | Arola Poch

No son infrecuentes comentarios del tipo “me siento raro cuando expreso mi admiración por los pies femeninos. Me siento raro porque conozco poca gente que comparta mi gusto y porque me lo han dicho o me lo han hecho sentir”. Si bien es cierto que cada vez somos más los que proclamamos una sexualidad abierta, diversa, donde cada uno pueda disfrutar con lo que más le gusta, también es cierto que sigue pesando sobre las prácticas eróticas alternativas esa losa de “pervertido”, “desviado”, “extraño”. Y aunque a algunos eso de ser pervertidos les pone, para otros es un calificativo que limita mucho su felicidad sexual.

Orgullo

Partamos de la base de que ser fetichista, sea cuál sea nuestro objeto de deseo, debe ser un orgullo. El fetichismo es una práctica que suma placer a nuestra actividad erótica, es decir, que guste una cosa no es incompatible con que guste el sexo más convencional. En un porcentaje muy elevado de personas es así. Se podría traducir por un: “me gustan los pies, sí, pero también me gustan los culos y los pechos”. Por lo tanto, el fetichismo, cuando se dirige a una parte del cuerpo, amplia el concepto de “partes del cuerpo sexuales”. Desde la sexología actual se dice y se repite: el sexo no está solo en los genitales, tenemos todo un cuerpo para disfrutar eróticamente. El fetichismo es el ejemplo práctico de ello.

¿Y qué pasa con los objetos? La inclusión de objetos en nuestra vida es habitual: nos venden cosas para todo, algunas toman apariencia de imprescindibles. El capitalismo centra su atención en la dependencia a las cosas, hacia el consumo de esas cosas. Pero cuando no es el deseo consumista sino el erótico el que se fija en ese objeto, entonces empiezan las miradas raras: nos dicen que no es normal excitarse con zapatos, lencería, globos o estatuas. A mi me suena paradójico.

El filósofo Paul B. Preciado, cuyas teorías sobre género son interesantísimas, afirma que los cuerpos no acaban donde acaba la piel, sino que los cuerpos se extienden a través de objetos, prótesis, complementos… El teléfono móvil podría ser, hoy en día, un ejemplo de ello. Entonces, ¿por qué no podemos desear un objeto que no es otra cosa que una extensión de nuestro cuerpo? De hecho, la mayoría de fetiches están relacionados, directa o indirectamente, con el cuerpo humano.

Prejuicio

Pero sabemos que esto no es tan fácil. Sabemos que tradicionalmente se ha considerado como válido únicamente el sexo vinculado a la reproducción. Por lo tanto, las miradas a otras partes y a otros objetos son improductivas. La sexualidad se ha querido controlar como forma de contener a la sociedad, como si unos instintos desbocados fueran a traer el caos. Por lo que respecta a los fetichismos, debemos sumar otro factor: antiguamente se asociaba tener un gusto “extraño” con otras patologías mentales. Los casos que se conocían de lo que se llama parafilias (sexualidad no normativa) provenían del ámbito médico y cursaban junto a otros tipos de manifestaciones patológicas (esquizofrenia, delirio, neurosis, etc.)

Historia

Las eróticas alternativas fueron consideradas pecado hasta que pasaron a ser enfermedad. Las primeras referencias las encontramos en el libro “Psychopathia sexualis” (1886) del psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing (1840 – 1902). Es un libro que recoge diversos casos clínicos de personas que “sufren” alguna parafilia. Krafft-Ebing trata esta erótica como desviaciones sexuales y habla de ellas como “deseo sexual sobre un objeto equivocado”. En la misma línea sigue Benjamín Tarnowsky (1837 – 1906) en su libro “Perversiones sexuales. El instinto sexual y sus manifestaciones mórbidas” (1904). Estas obras están escritas desde una óptica médica, es decir, científica, con la seriedad y “veracidad” que lleva implícita.

Sigmund Freud (1856-1939) prestó también atención al fetichismo y en su obra “Tres ensayos para una teoría sexual” (1901-1905), se refiere al fetichismo como “manifestación perversa” y explica la fijación sexual hacia un objeto por ser este un sustituto del pene. Siguiendo con su teoría de los falos y la pérdida, Freud aseguraba que “el fetiche es el sustituto del falo de la mujer (de la madre) en que el varoncito ha creído y al que no quiere renunciar”. Según el padre del psicoanálisis, el terror a la castración en los niños cuando no era superado se resolvía, de forma patológica, a través de un fetichismo. La misma (poco acertada) explicación daba para la homosexualidad.

Si damos un salto a 1966, encontramos el libro “Las minorías eróticas” del doctor sueco Lars Ullerstam. El autor le dio la vuelta a la idea de “perversiones” y mostró varios casos planteándolos no como una patología, sino como un fenómeno erótico, muestra de la diversidad sexual. Ullerstam planteaba que no había motivo para privar de satisfacción sexual a personas que tienen otro tipo de deseo. E iba más allá, al proponer que desde el estado se crearan oficinas, gestionadas por personal formado (médicos, psicólogos…), encargadas de establecer contactos sexuales. No se refería solo a fetichismos, también a exhibicionismo, sadomasoquismo, voyeurismo y coprofilia, entre otros. Como os podéis imaginar, el libro causó escándalo en su época. La edición que yo tengo (de 1967, editorial Grijalbo, México) incluye una nota de la editorial justificando la traducción y publicación del libro: “el doctor Ullerstam ha querido dar a su trabajo un carácter descarnadamente objetivo y una fundamentación científica, por extraño y aún disparatado que nos parezca a los hombres normales de nuestra civilización”.

Actualidad

Si bien los manuales de psiquiatría siguen clasificando las peculiaridades eróticas como trastornos parafílicos, añaden un importante matiz: “cuando las fantasías, deseos sexuales irrefrenables o comportamientos causan malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento”. Es decir, si no causan malestar – a otros o a uno mismo – no hay problema. ¡Por supuesto! Ya hemos tardado en darnos cuenta de ello.

Al principio de este artículo nombraba a aquellos que hacen sentir “raras” a las personas fetichistas. Pues bien, dirigiéndome a estos, pensad: el pene y la vagina (además de culo y pechos) son los fetiches de la heterosexualidad normativa. ¿Por qué otros fetiches son “raros”? Porque así nos lo han hecho creer en base a un sexo (re)productivo. Pero aplicando la lógica y pensando en un sexo cuyo uno de sus objetivos es el placer, no tiene sentido.

Y si eres de los que sienten atracción hacia objetos o partes del cuerpo no habituales: no te quedes con el prejuicio y vívelo con orgullo.

2 comentarios en “Fetichismo: orgullo y prejuicio

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