Sociedad y fetichismos compartidos

“¿Podrías presentarme a alguna chica que le guste el fetichismo de pies?” Ésta es una pregunta que recibo con bastante frecuencia. Como es fácil de entender, no facilito contactos de amigas mías a desconocidos. Si acaso, puedo facilitar perfiles de profesionales de mi confianza que sé que hacen buenas sesiones foot fetish.

Pero ello me hace pensar, ¿tan difícil es encontrar personas con las que compartir los gustos sexuales? ¿Tan cerrados de mente seguimos siendo como para no comprender las peculiaridades eróticas? ¿O es que es uno mismo quién se autocensura y piensa que lo van a señalar?

“No entiendo que a mi chico le guste oler braguitas sucias”, me han comentado también. Cada persona es un mundo, lo sabemos. Y en el ámbito sexual, aún más. Hay prácticas más comunes pero ¿qué hay de malo en las que lo son menos? Siempre estoy hablando, por supuesto, de unas relaciones sanas y consensuadas. No quiero decir que nos tenga que gustar todo lo que nos propongan o que tengamos que probarlo todo. Simplemente pienso que tenemos que ser más receptivos a escuchar sin juzgar y con ganas de aprender. A lo mejor hay un punto intermedio donde se pueden encajar los gustos de uno y de otro.

“¿Cómo puedo dejar de ser fetichista?”, me preguntó hace poco un caster (fetichista del yeso). Socialmente la sexualidad alternativa ha estado – y está – muy estigmatizada. Lo diferente se ha catalogado de perversión. Y un pervertido, según la RAE, es alguien “de costumbres o inclinaciones sexuales que se consideran socialmente negativas o inmorales”. Las palabras que usamos no son inocuas y este tipo de interpretación nos hace prejuzgar al otro y hasta a uno mismo. Por el lado fetichista, sentirse señalado y no poder vivir la sexualidad con normalidad, puede traer como consecuencia una cierta obsesión con el tema que provoque conductas extrañas (no me refiero a casos extremos donde hay patología, sino a cosas aparentemente inocuas como, por ejemplo, una insistencia excesiva con un tema en redes sociales). Y entonces se incrementa el estereotipo de “rarito”. En definitiva, dicen que soy raro, me comporto raro y entonces dicen que soy raro. El pez que se muerde la cola.

“Es que ella no lo va a entender”, afirman algunos. Habrá casos en que así sea, no lo dudo, pero en otros mi pregunta es ¿pero se lo has llegado a decir?. A veces nos podemos sorprender de las reacciones ajenas. Es importante cómo se plantea, pero si ni tan siquiera se comenta con la pareja, con quien se supone que hay confianza, ¿cómo se va a poder vivir con normalidad? Quién primero tiene que huir del prejuicio social es uno mismo. Y hasta los más “liberados” caen en prejuicios. Vivimos en sociedad y ésta nos condiciona desde pequeños. Podemos – y casi diría debemos – deconstruir muchas cosas aprendidas pero hay un poso difícil de quitar que a veces aparece. Detectarlo ayuda a librarse de él.

“Le conté a una chica que me gustaba lamer sus pies sudados y me puso cara de asco.” Ejercicio de empatía. Una persona, que es posible que se sienta poco entendida, consigue superar su reparo y confiesa sus gustos. Si la reacción es de desagrado o de risa, ¿cómo se va a sentir?. Que conste que yo me he mostrado sorprendida en determinadas ocasiones. Pero de la sorpresa a la risa o el desprecio hay una diferencia enorme.

“Cuando se lo dije a mi mujer, me entendió y entró al juego”. Recomiendo siempre decir las cosas gradualmente e ir valorando reacciones. Dependiendo de las personas, la aproximación puede tener diferentes velocidades. Pero, de verdad, a veces los cuentos tienen final feliz y yo conozco muchos que están comiendo perdices.

La sexualidad nos define como individuos, no permitir que se desarrolle es limitarnos a nosotros mismos.

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